No ha mucho en Barcelona, en el transcurso de una exhibición bonsaiera, un joven aficionado de la provincia de Girona le preguntó al “maestro” demostrador:
Joven: ¿Maestro, por qué los bonsái de árboles silvestres no suelen dar fruto?
“Maestro”: El maestro se salió por la tangente, con una respuesta que nada tenía que ver con la pregunta, vamos, algo así como… son las trece horas menos cinco.
Al poco tiempo, el joven bonsaiero, creyendo que no se había expresado bien insistió…
Joven: ¿Maestro, por qué los bonsái de árboles silvestres no suelen dar fruto?
“Maestro”: Siguiendo en la misma línea de la respuesta anterior y mientras continuaba colocando alambres… no gracias no fumo.
Pasados unos minutos, el insistente y ya un poco decepcionado joven volvió a preguntar…
Joven: ¿Maestro, qué hay que hacer para que los bonsái de árboles silvestres den fruto igual que sus hermanos del bosque?
“Maestro”: Mire joven… los frutos en los bonsái no son significativos, lo único importante son los volúmenes. Observe cómo los bonsáis japoneses, hechos con árboles o arbustos silvestres no presentan frutos.
El joven quedo sorprendido y defraudado por la respuesta recibida. Sorprendido, porque esto no era lo que le habían enseñado y defraudado porque había pagado una entrada, ya no volvió a preguntar nada más. Pensó que a pesar de lo indicado por el “maestro”, un bonsái no estaría “terminado” hasta que, además de su aspecto estético y crecimiento establecido regularmente, no fuera capaz de alcanzar su ciclo reproductivo y que, en caso de no conseguirlo, siempre sería un trabajo sin terminar.
El joven preguntón al visitar aquella magnífica exposición, observó que un bonsái, de entre los expuestos –frutales aparte-, de Quercus ilex sí tenía frutos, unas pequeñas bellotas daban fe y culminaban el trabajo de un buen bonsaiero. La Encina en cuestión era un buen bonsái, equilibrado en su crecimiento, volúmenes, y los frutos, que poniendo de manifiesto la madurez del bonsái, demostraban que el artista formador había tenido la paciencia de equilibrar el crecimiento del arbolito (que creciera con la misma energía y desarrollo tanto la parte superior como la inferior del arbolito) y los adecuados conocimientos técnicos para nutrirlo equilibrada i suficientemente para que pudiera realizarse el milagro reproductivo de la naturaleza.
Al salir del magnífico recinto donde se estaba celebrando el certamen, en una de las paradas del mercadillo de bonsáis y productos relacionados, el joven pudo observar cómo una Olea æuropea sylvestris que estaba expuesta en una de las paradas, estaba extraordinariamente cargada de unas diminutas aceitunas. Entonces se dio cuenta de que el Ullastre en cuestión y la Encina vista en la exposición, no tenían las bolitas (ni rastro de ellas) de abono orgánico. Salió de la exposición pensando que, como le habían enseñado, lo ideal aunque poco frecuente, era que los bonsáis mostraran todas las facetas propias de un árbol en plena madurez y que no solamente los árboles y arbustos frutales tenían que dar fruto.
Moraleja: para conseguir la proporcionalidad del bonsái y su pleno desarrollo (no confundir con crecimiento excesivo o incontrolado), no es lo más recomendable hacerlo a base de una pobre e inadecuada nutrición. Existen otros métodos.